Soy el siguiente

Por: Andrés Hurtado Pimienta.

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Colombia – marzo 7 de 1622

De lejos pude ver que él no podía gritar. Un pincho largo le atravesaba los labios de arriba abajo y otro cruzaba las mejillas. Ambos formaban una cruz. La sangre ya había empapado su camisa. Estaba amarrado con una soga gruesa a un poste. Un madero de unos 4 metros de alto. La soga lo sujetaba pasando por los hombros, el pecho, la cintura y las piernas. Los faggots, esos pequeños pedazos de leña estaban apilados a su alrededor hasta la altura del mentón. Uno de los verdugos arrojó la antorcha en medio de sus pies.

Muchas víctimas de la hoguera se evitaban una muerte lenta y horripilante pagando al verdugo para que les rompiera el cuello justo antes de empezar el castigo. No fue este el caso. Era como si los verdugos, en esta ocasión, quisieran asegurar que todos presenciaban el dolor y el sufrimiento del castigo. Alcancé a reconocer al hereje. Era Adán Campanella.

Las llamas alcanzaron rápidamente la tela de sus prendas. Con la boca semi-cosida, solo podía producir unos gemidos ahogados que eran espantosos. La temperatura subió rápidamente. Era un infierno. El viento que soplaba hacia donde yo estaba cargaba un olor nauseabundo a carne asada. De vez en cuando, a través del humo espeso, se dejaba entrever el cuerpo en llamas. Algunos miraban con curiosidad, otros con sevicia y algunos tantos celebraban la escena.  Mientras la madera crujía, sobre ese siseo, se escuchaban las palabras del verdugo con un tono condenatorio y locuaz:

–Por decreto directo del Cardenal Roberto Berlarmino y en el nombre de nuestro señor Jesucristo y de su gloriosísima madre la virgen María aplicamos la pena de quema en la hoguera a este hereje impenitente y obstinado.– El verdugo miraba el público mientras señalaba con su brazo extendido hacia atrás, y apuntando con el dedo índice, el hombre envuelto en llamas. Luego continuó:

–Este, señores, no es cualquier hereje. Permanentemente ha puesto en duda las creencias más sagradas de nuestra doctrina. Y como si fuera poco, acepta y no se arrepiente que duda de la existencia de Dios. Es un hereje de los peligrosos, es un líder de herejes, un organizador, un revoltoso que envenena las almas del Señor.

Mientras trataba de asimilar lo que estaba sucediendo, me preguntaba: ¿Cómo puede ser? ¿Cómo puede suceder algo semejante? Yo conocí a Campanella. Se puede decir que llegamos a ser amigos. Era un italiano que había llegado al país hace algunos años. Vivía solo en una pequeña cabaña a la entrada del pueblo. Era como un guía que estaba ganando reconocimiento en su comunidad. Nos conocimos durante la construcción de un puente que conectaba su pueblo con el mío. Desde el inicio supe que tenía formación intelectual. Compartimos largas jornadas conversando sobre diferentes temas: el origen del universo, las leyes de la naturaleza y la forma de pensar de los filósofos antiguos.

La obsesión de Campanella era aprender de la naturaleza. Estaba convencido de que los fenómenos naturales no tienen por qué explicarse a partir de ningún dios. Nos decía que es posible entender el comportamiento de la naturaleza a partir de causas que se encuentran en la naturaleza misma. «La búsqueda del principio que actúa por detrás de los fenómenos naturales. Esa idea se la debemos a los filósofos de Mileto» decía. «Podemos aprender de la naturaleza a partir de la observación y el pensamiento» ese era su credo.

Era admirable ver como Campanella aplicaba esas ideas en sus actividades diarias. Cuando se encontraba frente a algún problema, nos decía: «antes de empezar a hacer cosas, primero hay que pensar». Si el asunto era difícil, pedía tiempo y se encerraba en su pequeña cabaña. Uno o dos días después, salía diciendo «Tengo una idea que podemos poner prueba». Luego se las ideaba para ensayar la idea y la corregía, una y otra vez, hasta resolver el problema. Creo que fue de esa manera que, poco a poco, empezó a ser reconocido en su pueblo.

Un día estábamos celebrando un grupo de 15 o 20 personas, descansando de la jornada de trabajo en el campo. Nos llegó el rumor de que la inquisición se iba a instalar en Cartagena y que muy pronto nos iban a visitar varios clérigos importantes. Campanella, con unos tragos de más, dijo: «Yo no creo que necesitemos de una dictadura sobrenatural y celestial para poder distinguir entre el bien y el mal. Yo creo que uno puede ser bueno sin necesidad de un Dios que lo vigile. Y sé que ustedes están de acuerdo conmigo» Varios se mostraron de acuerdo, y brindaron. Otros, ignoraron el comentario. Estoy seguro que esa fue su condena.

Desde que se instaló la Inquisición en Cartagena y empezaron los interrogatorios la gente empezó a tomar distancia de Campanella. Los de su pueblo lo ignoraban. Actuaban como si no lo conocieran. Era miedo puro. Poco tiempo pasó para que lo interrogaran. Fue a puerta cerrada, pero se filtró que Campanella no negó sus ideas, al contrario, las mantuvo. Su juicio duró un par de meses y hace una semana tenían el veredicto: Culpable por herejia. Hasta el último momento, las autoridades eclesiásticas le insistieron que se retractara, que a lo mejor de esa forma lograría piedad. No lo hizo.

Después de que la hoguera se hubiera consumido, los restos de Adán fueron reducidos a polvo apunta de martillazos y las cenizas se esparcieron al viento para evitar la tentación de que alguien pudiera conservar algo de él como reliquia.

¿Por qué tiene que ser de esta manera?, ¿Por qué se tiene que imponer una creencia religiosa a la fuerza? Yo tampoco estoy de acuerdo con La Biblia, pero eso no me hace una mala persona. Tampoco estoy de acuerdo con la opulencia y la corrupción de los sacerdotes de la iglesia. Y sé que muchas personas piensan lo mismo que yo. Prefiero vivir en un mundo donde sea posible la discusión crítica de las ideas. Un mundo donde todos podamos participar, pensar y discutir. (Ese es otro recuerdo que Adán me compartió de la antigua Grecia).

El calor insoportable me hace perder el hilo de las ideas. Luego me llega el recuerdo de la visita que tuve anoche. Era Luciana. Tenemos pensado casarnos el año que viene. Siento una tristeza profunda. Ahora lo recuerdo. Me entregó un frasco que logró entrar a escondidas. «es veneno» me dijo. «Tómalo temprano en la mañana y en una hora hará efecto». Ahora lo recuerdo. Siento nauseas y me arde el estómago. Trato de moverme. Me percato de que no puedo. El verdugo camina hacia mí. Trae dos pinchos en su mano izquierda. Ahora lo recuerdo. Soy el siguiente.

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