Pensar: relacionar ideas

Por: Andrés Hurtado Pimienta.

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Hoy es un buen día. Se cumple el período de aislamiento preventivo de mi abuelo. Al llegar de Italia tuvo que obedecer las instrucciones del gobierno colombiano en prevención al contagio del virus COVID-19. Debía estar aislado durante dos semanas bajo control permanente de las autoridades sanitarias. Todo el tiempo estuvo en una habitación, en un hotel, en la ciudad de Armenia. Cuando supe que iba de salida, no dudé en aprovechar la oportunidad para verlo y me ofrecí para recogerlo. Tengo que llevarlo a su casa, una pequeña cabaña ubicada a las afueras de Salento, en el departamento del Quindío.

Su fama en la familia era de ser un tipo extraño. Se rehusó a seguir la tradición familiar, perseguir dinero y posición social, y decidió dedicar su vida al estudio de la filosofía. Hace más o menos 5 años no lo veo. Tuvimos una relación especial. Me gustaba el trato que me daba. Recuerdo que en mi adolescencia siempre respetó mis ideas y me retaba a pensar para defender lo que yo creía. Discutíamos temas sobre los que, aún hoy, recuerdo las conclusiones y por qué las defendía: la inexistencia de Dios, la penalización del aborto y otros asuntos polémicos. También recuerdo que en ocasiones yo percibía que había algo más. No solo se trataba de discutir conmigo, era una manera de entrenarme. Siempre decía: “La filosofía es una guía práctica para vivir”

Al morir la abuela, poco después de su jubilación como profesor universitario, decidió comprar una pequeña cabaña a las afueras de Salento y aislarse a, como decía él: “contemplar el efecto de los alucinógenos en la tercera edad”.  Con la llegada masiva de los turistas, perdió interés en el sitio y con una oportunidad de trabajo, muy a sus 70 años, decidió dejar el país y se fue para Italia a dar clases de filosofía aplicada a los problemas cotidianos. Ya en el carro empezamos a conversar:

—¿Qué tal el encierro? — dije haciendo una mueca.

—Las habitaciones de hotel cuatro estrellas no están hechas para que uno desee quedarse encerrado todo el día. Si no hubiera sido por esta joya, hubiera sido una pesadilla.— dice mostrándome la portada del libro Cosmos de Carl Sagan. Luego añade —La comida estuvo mala. Menos mal era poca.

Sonrío y continúo — Me alegro de que el resultado de las pruebas haya sido negativo. Parece que ese virus ataca fuerte a la gente mayor.

—¿No ha sido frecuente que mueran viejos solitarios tirados en alguna calle o abandonados en ancianatos de mala muerte? ¿No te preguntas de dónde sale esta repentina preocupación por el adulto mayor? Si un médico tuviera que elegir en quién usar el único respirador disponible y las opciones fueran entre un viejo como yo y una persona de tu edad, ¿a quién tendría sentido salvar?— dice mientras busca en el bolsillo frontal de su maleta —El verdadero asunto con este virus es que nos muestra que la humanidad no está preparada para eventos de esta naturaleza. Ni en los países desarrollados han tenido suficiente capacidad de reacción. ¿Qué decir de Colombia donde el dinero de la salud o de la investigación científica se lo han robado durante décadas políticos corruptos?— Al terminar la frase destapa y toma un sorbo de su media botella de Johnnie Walker sello rojo. Decide cambiar la dirección de la conversación —Parece que el del COVID-19 fueras tú. Tienes cara de contagio. ¿Qué te pasa?

—Estos últimos meses han estado difíciles en el trabajo. Mucha presión — lo digo tratando de ocultar el malestar que me agobia día y noche.

—¡Ah! Un caso de sobrevaloración de los problemas laborales. A ver, dime, ¿A qué se debe tu miserable vida de ejecutivo estrato 6?

Lo miro con cara de desprecio, tomo aire y empiezo mi exposición:

—Voy a tratar de resumir. Nuestras tiendas siguen registrando agotados de los productos que más se venden y excesos de los productos que no se están vendiendo bien. Continuamente pierdo ventas. En nuestras plantas de producción no hemos podido reaccionar mejor a la demanda real del mercado. Algunas veces porque nos quedamos sin materiales, algunas otras porque no tenemos capacidad y en otras ocasiones porque el sindicato no colabora. Y lo que es peor, las relaciones entre los gerentes son hipócritas. Mantienen una aparente camaradería y supuesta devoción a la colaboración, pero a la primera oportunidad, se acercan a mí, y unos empiezan a hacer comentarios sutiles culpando la gestión de los otros, explicando los pobres resultados de la empresa, ¿me comprendes?— Hice una pausa para asegurar que el viejo me seguía el hilo. Asintió mientras se tomaba el segundo sorbo de Johnnie. —Tengo que aceptarlo, ya usé todas las ideas y los trucos. Ninguno me funciona. El problema no solo sigue, empeora. Me estoy quedando sin excusas. Al inicio mi nombre era influyente y tenía el respaldo de la junta directiva; ahora, en las últimas sesiones de trabajo, mis argumentos han perdido fuerza, suenan a excusas y es evidente que cada vez creen menos en mí. No sé qué hacer.

Después de un momento de silencio, mi abuelo dijo:

—El tamaño de la tierra fue calculado de forma sencilla e ingeniosa por un hombre que vivió en Egipto en el siglo III AC. Eratóstenes. Fue director de la Biblioteca de Alejandría. Un día, mientras leía un papiro se encontró con una leyenda curiosa que decía más o menos así: “En Siena, el 21 de junio, las sombras producidas por las columnas de un templo o un palo vertical se achicaban cuando el medio día se acercaba. A las 12 en punto las columnas no daban sombra y el sol brillaba directamente sobre el agua de un pozo. En ese momento, el sol se encuentra directamente encima” ¿Me sigues?— Preguntó.

—Sí, pero ¿qué tiene que ver con mi situación?— Dije reconociendo que no entendía para dónde iba.

—Eratóstenes era un científico, muchacho. Se preguntó si el 21 de junio, en Alejandría, a medio día, ¿daría sombra una estaca? Resultó que, en Alejandría, la estaca daba sombra, ¿cómo era posible? 

—No sé. No tengo idea— confesé.

—Si la tierra fuera plana, entonces ¿qué debería suceder? En ambos puntos de la medición, tanto en Alejandría como en Siena, los rayos del sol hubieran llegado con el mismo ángulo. A las 12 del día, en ambos puntos no debería haber sombra. Pero no fue así. Por esa razón Eratóstenes pudo concluir que la tierra no era plana. Debería tener otra forma. Curva— Mi abuelo hizo una pausa y luego prosiguió —Eratóstenes sabía la distancia entre Alejandría y Siena, eran 800 kms. Además, al medir el tamaño de la sombra estableció que la equivalencia de la distancia entre Alejandría y Siena tendría que ser de un arco de 7°. 7° es, más o menos, la cincuentava parte de la circunferencia completa de 360°. Con estos datos, pudo hacer el cálculo final: 800km * 50 = 40.000 km. Esa es la distancia que hay que recorrer para darle la vuelta al planeta.

—Esa matemática si la entiendo— Aclaré con firmeza.

—La matemática no es el punto. Es la actitud de Eratóstenes ante la realidad. Su escepticismo. El sol y el desplazamiento de las sombras eran temas sin importancia aparente en la comunidad, excepto para él. Esa situación le exigió pensar. Le exigió construir cadenas de ideas para poder comprender mejor el asunto de las estacas y la proyección de las sombras, en un mismo momento, en Alejandría y en Siena.

—Abuelo, me siento ignorante. No sé qué es lo que me quieres decir.

—Lo que expusiste en el resumen de tu situación no es un análisis. Son hechos aislados conectados de manera incipiente. Son como fragmentos de un rompecabezas que están desconectados.

—Y, entonces, ¿cómo se construye un análisis más completo?

—Esa es una muy buena pregunta. ¿Cómo construye sus análisis un científico? Lo que te puedo decir ahora es que un científico tiene un pensamiento escéptico. Se especializa en construir y comprender argumentos bien razonados y en identificar los argumentos mal razonados— Se aplica otro trago de Whisky y termina diciendo —El proceso básico es el siguiente: se identifica el fenómeno que incomoda o que genera la perplejidad, se construye una explicación de su causa y luego esa explicación se pone a prueba. Esos pasos se repiten una y otra vez en la ciencia. Podríamos tratar de hacer un experimento tú y yo, ¿qué te parece la idea?

—Me encantaría — acepto con sinceridad y, además, decido retarlo — Hay varios puntos que no me convencen. Uno de ellos es si ese método científico puede aplicarse a las relaciones humanas y en la complejidad de mi empresa.

—Un viejo amigo solía decir: “Si los fenómenos de la empresa no hacen parte de la naturaleza, entonces ¿de qué hacen parte?”. Te espero mañana.

Entramos a la última recta que desemboca a la cabaña. Es preciosa. Me conmueve la oportunidad de regresar a las discusiones, en ese sitio, con el viejo.

MAPA DE LA CONEXIÓN ENTRE ALEJANDRÍA Y SIENA

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