Los rostros del insomnio

Por: Andrés Hurtado Pimienta.

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El reloj marca las 3:12 am. Respiro con algo de dificultad. Tengo la misma sensación de frustración y angustia de las últimas noches. Decido bajar a tomar agua. Nunca pensé que un trabajo pudiera afectarme tanto, que la relación con unas personas me hiciera perder el sueño. Es la tercera vez que me ocurre esta semana. Me acuesto exhausto, a eso de las 11:00 pm, y entre dos y tres de la madrugada una pesadilla interrumpe el sueño. Me desvelo el resto de la noche y al otro día estoy hecho mierda.

Causa curiosidad que en esos sueños siempre esté gente del trabajo. En el de hoy estoy en la sala de reuniones de la empresa. Puedo sentir la tensión en el ambiente. Las caras desencajadas, la atmósfera cargada de tensión y de ese deseo de guerra. Anuncian que es mi turno de participar. Sé que tengo que mostrar los resultados de la operación de la planta. Estoy nervioso. Y no es por falta de preparación, conozco muy bien cómo funcionan las máquinas y estoy muy familiarizado con sus números. El miedo existe porque sé que lo que diga no va a ser suficiente. Algo va a faltar. Siempre es así. 

Cuando empiezo a hablar del nivel de servicio que tiene la planta, el cretino de la vicepresidencia financiera me interrumpe y con su tono particular de superioridad y displicencia empieza a cuestionarme. Habla de los niveles de inventario y como mi gestión los ha puesto por las nubes. Gracias a mis decisiones se explica que no haya para pagar a tiempo a todos los proveedores. Exige que no trate de desviar la atención y que mejor explique por qué perdí el control. Yo trato de defenderme, pero no puedo. No escuchan. Luego de vociferar otras acusaciones concluye que la situación actual se debe a la incompetencia. Mía y de mi equipo. En ese punto, mi jefe, el director de operaciones entra en la discusión y acusa a los comerciales. Ellos fueron los que hicieron los pronósticos que, por cierto, están lejos de cumplirse. El director comercial salta y grita que no tiene una bola mágica, que el mercado es el mercado y que una buena planta debería estar en capacidad de reaccionar a la demanda real. El siguiente en atacar es el director de logística que muestra un reporte de las ventas perdidas por los faltantes. Según él, tiene la prueba que cuestiona la veracidad de mi nivel de servicio. Ya no es una conversación. Es una guerra. En un momento, siento que me falta el aire. Ahí me despierto.

Esa reunión de resultados es el próximo viernes. En la medida que se acerca siento más incomodidad. Y a esta altura, la verdad, no importa que haya sido promovido al cargo de gerente de planta hace un par de meses. Estoy seguro de que no estoy dispuesto a tolerar ese tipo de maltrato. No sé si ese día, en medio del calor, los mande para el carajo y me vaya. Al fin de cuentas, ¿no seré capaz de conseguir otro trabajo? Lo pienso un minuto. Si no fuera por esas tensiones, por esos maltratos, yo no quisiera irme. Me gusta la empresa y me gusta lo que hago. Incluso disfruto los (pocos) momentos en donde parecemos un equipo. No me pagan mal, son puntuales. Yo podría capitalizarme algunos años más trabajando para ellos. Entonces, ¿por qué la realidad debe ser de ese modo? ¿Por qué las discusiones deben ser de esa manera? 

No me acostumbro a aceptar que personas que se conocen hace más de diez años decidan convivir en un ambiente hostil. Se conocen, han compartido parte importante de sus vidas juntos. De alguna manera han visto la evolución de sus familias, de sus hijos. Incluso, a fin de año —en especial cuando hay buenos resultados— comparten espacios lúdicos fuera de lo laboral: una comida, unos tragos. Pero por alguna extraña razón, cuando se trata de abordar los temas álgidos del negocio, los temas determinantes sobre cómo tomar decisiones en situaciones críticas, es impresionante —y desconcertante— como cada uno se ubica en su esquina y muestra la determinación de defender sus intereses particulares a como dé lugar. 

Algún día el dueño de la empresa nos dijo: “Es bueno que haya diferencias en el equipo. En el conflicto está el desarrollo. No lo tomen personal. Estos son los negocios y los negocios, negocios son”. Desde entonces ese es el mantra que usamos como bálsamo para bajar la tensión luego de algún combate. Yo creo que la diferencia y la tensión es necesaria para la evolución, pero no estoy de acuerdo en cómo lo hacemos. El dolor que siento cada vez que alguno de los directores me hace sentir como un culo, es algo personal. No tiene que ver que ocurra en el campo de los negocios. No estoy de acuerdo en que la hostilidad deba ser el ámbito estándar de trabajo. ¿Qué razón hay para condenarnos a aceptar que lastimarse es algo que “hace parte de la naturaleza”? Esa creencia hace que nos mantengamos en un juego en que todos perdemos: Yo gano, tu pierdes. ¿Me la hiciste?, te la devuelvo. ¿Estamos condenados a que el mundo de los negocios sea así? No lo creo. Pero ¿quién soy yo para hablar de negocios?

Subo a mi habitación. Mi esposa sigue dormida. Veo el reloj: 4:50 am. Me acuesto sigilosamente. Divago unos minutos más. Sé que en unos minutos va a empezar a aclarar, poco a poco, me vuelvo a quedar dormido.

2 Comments

  1. Luis dice:

    En años de experiencia laboral expuesto a diversos tipos de entornos culturales y sociales logré distinguir comportamientos extremadamente tóxicos en todas las áreas de la organización, especialmente cuando se toman decisiones reactivas a problemas complejos que requieren un detallado análisis de causa raíz los cuales en algunas ocasiones son hechos con métodos obsoletos o herramientas inadecuadas. Esto obviamente produce frustración, estrés y afectan la salud mental individual y colectiva en cualquier organización.

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